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Ulrica

Ulrica Hace días que fantaseo con la idea de acostarme viendo una película para adormecerme como suelo hacer cuando estoy en casa, en mi otra casa, la de Barcelona; pero aquí no tengo televisión y hasta hoy no he conseguido hacerme socia de la biblioteca y por extensión, de la mediateca que contiene. Leer también me funciona como somnífero, y puede ser incluso más gratificante excepto cuando el libro que tengo entre manos me tiene sujeta, atada por las ingeniosas combinaciones entre palabras y conceptos, presa de una historia que empieza a pertenecerme. Entonces podría no dormir en noches y sólo la sensatez a la que me obligan los deberes matutinos, en este caso las clases de alemán, consigue que me duerma. En cualquier caso, ayer por fin conseguí hacerme con un par de DVD, por lo que intenté alimentar a lo largo del día la ilusión de dormirme viendo uno de ellos. Al caer la noche, más que querer ver una película tenía ganas de querer verla y, aunque estaba agotada, la idea de concluir el día haciendo mías las últimas páginas de un libro de Borges que hace unas noches que me acompaña me pareció mucho más atractiva que un forcejeo audiovisual. Dado mi delicado estado emocional preferí no obligarme a realizar insulsas fantasías celulóidicas y me dejé llevar por la lectura. Después de El Aleph, de La intrusa y de la Historia de Rosendo Juárez se presentó Ulrica, una noruega que desafiaba a Blake con su oro y su suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. A Borges, menos que su rostro le impresionó su aire de tranquilo misterio. A mí, más que el misterio que guardaba me convenció su acierto en presentárseme en ese preciso instante. Después de intercambiar miradas, sonrisas y alguna palabra, Ulrica dejó que la besara y yo, que ardía desde el primer párrafo, la seguí sin dudarlo al último piso de una posada de Thorgate. Allí se desnudo y dejó que lamiera cada uno de los brillos que se posaban sobre su piel pálida al reflejarse en el espejo que nos multiplicaba. Yo mordía sus pechos y ella me miraba. Sus ojos le bastaban para hacerme saber dónde y cómo quería ser tocada. Siguiendo sus órdenes, froté mis pechos, mi vientre y mi coño contra sus nalgas hasta que ella me detuvo agarrando las mías con sus manos firmes y me pidió que me tocara sobre ella. Mientras mi mano se lubricaba ayudada por mi coño creí oir unos tímidos gemidos que descompasaban el ritmo de los míos. Definitivamente eran demasiado reales para ser de Ulrica. Me detuve a escucharlos y comprendí que venían de la habitación de al lado, en la que mi nueva compañera de piso y su novio se habían encerrado para echar un polvo. Ulrica sugirió que no debíamos dejarles solos ahora que casi se habían corrido así que volví a tocarnos hasta que nuestros gemidos ocultaron los suyos. Después de poseer por primera vez la imagen de Ulrica me quedé dormida.Borges

2 comentarios

Notillas -

Yo también voy a dormir tranquilo esta noche...

Selvio -

Hiciste que se me antojara una de esas...